viernes, 10 de junio de 2011

Me desacostumbré







No recuerdo el precioso momento en el que comprendí que ciertas aves para volar no necesitaban mover sus alas, ni el instante en el que entendí la música alegre del riachuelo al que permiten descender sin trabas, ni supe el modo de escriturar la sensación de caminar la umbría que cubre un pedazo de senda tendida al sol del mediodía, como también desconozco el día que alcé la vista del suelo y todas las cumbres que suponía muros en mi horizonte me hablaron como amigas, prometiendo seguir firmes, hermosas y agrestes sin motivo, más allá de mi efímera existencia.





Creo que todo sucedió un mismo día,
aquel que dejé de darle patadas a un trozo de cuero,
y decidí ayudar a crecer a mis hijas,
cerré el televisor y encendí los libros,
comencé a avanzar sin hacer apenas ruido,
al lado de gente que hablaba con los ojos, sin emitir sonidos,
que poco a poco se convirtieron en mis amigos,
el día que me prometí jamás volver a estar aburrido,
que me volví a preguntar lo que otros por mí ya habían respondido,
y supe también que antes del amor se siente el hambre y el cuerpo herido,
y me asombré del simple pétalo que sostiene el rocío,
del olor a tierra mojada, como cuando era un niño,
del rumor de las olas besando al fin su blanco destino,
y todo esto pasó aquel mismo día,
el que me desacostumbré a estar vivo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario