viernes, 25 de febrero de 2011

La semilla que no sabía.


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Nací para ser roble y no lo sabía,
acunado por una gran ciudad,
alimentado de asfalto y frialdad,
como semilla pisada, me endurecía.
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Una luna de humo languidecía,
rogando al viento por limpiar,
un cielo gris que muy a su pesar,
de tristeza todo lo envolvía.
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Los días iguales discurrían,
las prisas cegaban mi pensar,
ver las estrellas con claridad,
y mi destino, que arrullado yacía.
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Un día tropecé, cayendo en tierra movida,
por brazos sabios y diestros en arar,
que con paciencia, ternura y tenacidad,
la piel de mi corazón enternecían.
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Su sonrisa, la tormenta extinguía,
su amor me ayudó a enraizar,
la luz de sus ojos me hizo brotar,
y sus besos, tibia lluvia vertían.
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En poderoso roble me convertía
feliz de dar cobijo y refrescar,
dichoso por hacer realidad,
lo que la semilla guardaba y no sabía.
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¿Cuántas semillas perecerán en el camino, sin hallar las condiciones necesarias que las hagan germinar?

1 comentario:

  1. Anónimo26/2/11

    Menudos piropos para la del banco.
    Los carballos de la foto me suenan.
    Un abrazo para todos.

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